al y estructural para transformar críticamente los usos y significados del espacio propuestos por los productores. Esta re-apropiación sería un continuo histórico y geográfico: en la modernidad se puede expresar en la protesta callejera ¾tal como por ejemplo la describe Caldeira (2000)¾, y en la post modernidad, en la constante apropiación de un enclave pseudo-público como es el mall por parte de grupos de adolescentes, o en la lucha entre mendigos y fuerzas de seguridad en las burbujas turísticas. A pesar de que se puede concordar con los urbanistas post-modernos que las condiciones de control y opresión en los tiempos actuales son mayores, al menos en estos enclaves pseudo-públicos, la resistencia y la discusión de los espacios siguen existiendo, eso sí, adaptadas a las nuevas circunstancias.
Las prácticas disciplinarias pueden no sólo ser evitadas alterando sus significados, sino además, y de forma más radical, abandonando los espacios represivos pseudo-públicos. Así, para el caso de los turistas, Judd (2003) sostiene que en algunos contextos, como el centro de Detroit o Atlantic City, puede ser difícil escapar los enclaves disciplinarios pseudo-públicos. Pero el escape es fácil y muchas veces promovido en la mayoría de las ciudades, las que buscan entregar al visitante una experiencia particular sólo obtenible al experimentar la urbe en su conjunto, tal como lo hacen en sus promociones la mayoría de las ciudades europeas.
Incluso un libro que glorifica la concepción del espacio urbano promovida por los urbanistas post-modernos ¾excluyente y fragmentado¾, como lo es el de Graham y Marvin (2001), Splintering urbanism: Networked, Infrastructure, Technological Mobilities and the Urban Condition, debe admitir, casi al concluir el libro, la existencia y trans-temporalidad de la resistencia.
"La vida de las grandes ciudades no puede ser simplemente programada como un computador por poderosas fuerzas socio-económicas o intereses políticos, incluso dentro de contextos capitalistas extremos y desiguales. La vida urbana es más diversa, variada e impredecible que lo que las distopias urbanas basadas en la situación de EE.UU. sugieren".
El argumento de De Certeau (1984) constata la existencia de prácticas alternativas, pero ciertamente les pone límite, así como también a la diversidad de usos que puede adoptar el espacio. La resistencia no está al nivel de las prácticas dominantes; aun más, ella está condicionada por éstas. Las distintas apropiaciones del espacio no deben entenderse en términos de una competencia entre dos proyectos alternativos, sino como el resultado de interacciones sociales que ocurren en el espacio vivido y que pueden dar lugar a diversos significados y propósitos.
Así, Gramsci (1971) sostiene que los sectores dominantes ejercen una hegemonía social sobre la vida y acciones de las personas, la que se traduce en un consentimiento espontáneo de las masas hacia la dirección de la vida social impuesta sobre ellos. Estas prácticas hegemónicas imponen ciertas regulaciones a la vida cotidiana de todos los miembros de la sociedad, mientras las prácticas dominadas o subalternas trabajan acomodándose, reemplazando significados, negociando ¾y en algunos casos¾, a través de una resistencia activa (a veces violenta) frente al orden espacial impuesto.
La hegemonía, en términos espaciales, significa entonces la naturalización de una dominación material a través de la imposición de ciertas percepciones (espacio percibido o imaginado) o representaciones de cómo el espacio debe ser apropiado, usado y vivido.
Tal como Foucault argumenta que los mecanismos del poder han cambiado históricamente, se puede sostener que las características de las prácticas dominantes y políticas de regulación espacial también cambian, dependiendo de los efectos internos de la distribución espacial y las condiciones sociales externas dadas por la correlación de fuerzas y las necesidades de los distintos programas e intereses. Entonces, la idea del espacio público integrador corresponde a un estado del desarrollo capitalista, tal como los enclaves pseudo-públicos y la ciudad fragmentada corresponder a otra fase. En términos espaciales, el cambio en las prácticas de dominación implica además la alteración de las prácticas de resistencia, lo que cambia la naturaleza de lo que muchas veces acríticamente llamamos espacio público.
5. Hacia una reconceptualización del espacio público
Para rediscutir el concepto de espacio público se requiere un análisis histórico y material. Como argumentaría Foucault (1977 y 1980), se necesita una arqueología del espacio público.
Una buena aproximación hacia la discusión sobre el espacio público, bajo el marco poder/resistencia al poder, consiste en hacer uso de la distinción propuesta por Soja (1996) entre los espacios percibidos, concebidos y vividos. Soja, construyendo sobre la argumentación de Lefebvre (1991), afirma que los procesos de producción del espacio son la expresión combinada de tres aspectos interrelacionados:
b) Espacio concebido (segundo espacio): Puede ser definido como los "pensamientos sobre el espacio", y se refiere a una representación del espacio imaginaria, reflexiva y simbólica.
c) Espacio vivido (tercer espacio): Incorpora los dos aspectos anteriores, pero abre las posibilidades para una mayor complejidad en el análisis. "El espacio, señala Soja, es simultáneamente real e imaginado, actual y virtual, lugar de estructuras individuales y de experiencia y acción colectivas".
El espacio público estaba destinado a expresar y ejercer el poder sobre grandes poblaciones, las cuales no cuestionaban este derecho, por lo que su comportamiento y acciones en dichos espacios se basaban en un profundo respeto –si no miedo– por el soberano, ya sea físico o metafórico.
Pero en la modernidad la clase revolucionaria, la burguesía, inició un cuestionamiento al poder del soberano, presionando por ser parte de las decisiones políticas que afectaban a la nación. Una manifestación de dicha presión fue la ocupación de los espacios públicos para comerciar, discutir o protestar, y la creación de una esfera de libertad entre el Estado y lo privado, la esfera pública, tal como es descrito por Habermas (1991). Este es el momento en que un discurso sobre el espacio público se hace necesario, cuando –de acuerdo con Foucault (1980)– la arquitectura se hace cargo de la seguridad, la salud y otras preocupaciones sociales; no para alterar las relaciones de poder, sino para mantenerlas.
A comienzos de la modernidad, con una burguesía no hegemónica, el discurso provino del soberano, con grandes reformas de la ciudad, la construcción de parques, caminos, avenidas, etc. Este es el periodo de los reyes ilustrados, los que entendieron la necesidad de construir instituciones sociales que les permitieran aumentar su base de apoyo al interior de las burguesías nacionales. El discurso comenzó a describir el espacio público como un espacio no controlado, o al menos mínimamente controlado, lo que hizo más visible la apropiación del espacio por los ciudadanos. El espacio público vivido se hizo entonces más democrático.
Una vez que la burguesía ganó control político y económico sobre la sociedad, ese discurso de un espacio público como lugar de construcción de ciudadanía se hizo hegemónico. El espacio público se convirtió entonces en el lugar para manifestar opiniones sin temor a la represión, el lugar donde la voluntad pública proclamada por Rousseau se manifestaba; todo ello a pesar de que al mismo tiempo, este espacio consideraba la seguridad, el control y el mantenimiento del orden público como requisito de viabilidad. Todo dependía de quién fuera el usuario del espacio y la forma en que éste se adscribía a los significados y propósitos propuestos por la burguesía dominante.
Sin embargo, años más tarde, la burguesía presenció la aparición de una nueva clase que amenazaba su hegemonía: el proletariado industrial. Para mantener dicha hegemonía, la burguesía, junto con la represión optó por la negociación (explícita o implícita) con la nueva clase y sus representantes (sindicatos o partidos populares), ampliando la esfera pública y abriendo los espacios públicos a los trabajadores. Con todo, el uso del espacio por los oprimidos no estuvo exento de conflicto, y muchas veces el discurso de la apertura fue abandonado y reemplazado por la represión directa.
Ahora bien, el acuerdo entre la elite dominante y los obreros industriales no incluía a otros segmentos de marginados, como brillantemente lo analiza Fainstein (1994). Minorías étnicas o sexuales y los segmentos más desposeídos de la población fueron excluidos del espacio público moderno, abierto y democrático. Estos grupos, que experimentaban el espacio público moderno sólo como lugares de ejercicio de poder, comenzaron prácticas espaciales de resistencia. Los pobres y marginales se apropiaron de los parques, los afro-americanos iniciaron revueltas callejeras, y las minorías sexuales comenzaron a crear sus propios enclaves para evitar la discriminación.
Una vez que el poder político y económico de los trabajadores industriales decae debido a las transformaciones tecnológicas y los cambios en la economía capitalista (Castells, 1996), el discurso y las características del espacio público también se modifican. La burguesía necesita menos de la legitimidad democrática dada por los trabajadores industriales para mantener el sistema en funcionamiento, por lo cual el acuerdo sobre el uso del espacio fue alterado.
Los grupos dominantes están siendo capaces, hoy en día, de excluir al resto de los actores sociales del uso de ciertos espacios, a través de la creación de enclaves en los que el discurso del espacio público como lugar de encuentro social y construcción de ciudadanía se mantiene, pero se restringe sólo a ciertos segmentos de la sociedad. Este es en parte el discurso de los espacios pseudo-públicos, de las nuevas comunidades enrejadas creadas por los neo-urbanistas como Andrés Duany, el de la industria del mall y el de los empresarios de la entretención. El espacio pseudo-público es entonces abierto pero seguro, atento a la comunidad pero comercial, libre y espontáneo pero al mismo tiempo controlado y producido. El espacio público post-moderno es un lugar de expresión y ejercicio del poder, pero es experimentado como tal sólo por los oprimidos; para el resto, tal como en la modernidad, es el espacio de construcción ciudadana y diálogo social.
Curiosamente, como la nueva economía funciona apelando a la distinción (Bourdieu, 1984) y a la creación de identidad a través del consumo, ciertos grupos excluidos del acuerdo entre burguesía y trabajadores industriales tienen hoy en día más oportunidades de incorporarse al espacio público social (Fainstein, 1994). Entonces, no es hoy extraño presenciar apropiaciones del espacio por las minorías raciales o sexuales, las cuales ¾se puede argumentar¾ se encuentran menos excluidas que hace cincuenta años. Esta apropiación es sólo aceptada, sin embargo, si los usuarios se atienen y respetan los límites planteados por el espacio post-moderno y el nuevo acuerdo sobre el uso social del espacio: comercialización, control y vigilancia.
6. Conclusiones
Definir el espacio público es ciertamente una tarea de enorme complejidad. Ella no está exenta de la intromisión de los programas políticos y razonamientos ideológicos del investigador. Sin embargo, estos proyectos personales o colectivos no pueden llevarnos a descripciones erradas o basadas en supuestos históricos falsos.
En este sentido, los hipercríticos urbanistas post-modernos, como una forma de cuestionar la ciudad y la individualista vida contemporánea, caen en la idealización conservadora y la mitificación del pasado. Renunciando a sus premisas teóricas de corte materialista, los urbanistas post-modernos acogen el idealismo habermasiano convirtiendo al espacio público de la modernidad en un ideal normativo ¾sin falencias¾ que debe ser adoptado acríticamente en cualquier circunstancia histórica. Así, el espacio público burgués se convierte no sólo en un espacio de construcción de ciudadanía, sino además en una herramienta imprescindible para derrotar el orden capitalista.
Por otra parte, esta corriente de pensamiento descarta como inauténticas y excluyentes todas las formas urbanas propiamente post-modernas (pseudo-públicas), como lo son los mall o las comunidades enrejadas, sin siquiera intentar explicarse su surgimiento ni proponer alternativas para transformar su funcionamiento o características. Así, el urbanismo post-moderno abandona la historicidad como criterio de análisis, convirtiéndose en una corriente estática que trabaja con categorías universales o trans-históricas, que sólo tienen realidad en la mente del investigador.
Así, mis desencuentros con el urbanismo post-moderno no están, en general, al nivel de su proyecto político, sino en los sacrificios teóricos y simplificaciones en el análisis que hace para reafirmarlo.
Pero este trabajo no sólo se proponía constatar las deficiencias en el análisis del urbanismo post- moderno. Además, buscaba entregar criterios orientadores que permitan a los académicos construir una definición de espacio público con la que sea posible entender los nuevos enclaves pseudo-públicos al tiempo que generar una crítica a su función y al modo de habitar que ellos proponen. Es este sentido aparecen como centrales al menos los siguientes puntos:
Sin embargo, el uso que hagamos de Foucault ha de ser selectivo. Para él, los hombres estamos constituidos en relaciones de poder de las cuales no tenemos posibilidad de escapar. Su preocupación central, como ya lo señalé, es la microfísica del poder, dejando de lado el problema de la resistencia. Así, una apropiación dogmática de Foucault nos llevaría, al igual que el urbanismo post-moderno, a un análisis espacial basado en universales trans-históricos que no pueden ser alterados. El espacio es el lugar donde el poder sería ejercido, independiente de la voluntad de los hombres, y su transformación sólo se relacionaría con alteraciones en las necesidades sociales de éste.
Es así como para entender los espacios pseudo-públicos de la post-modernidad se requiere analizar con una perspectiva histórica los procesos socio-espaciales que les dieron origen, no sólo en su dimensión estética o urbanística, sino también con relación a la función social que ellos cumplen.
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1Sociólogo. PhD (c) University of Illinois, Chicago. Profesor de la Universidad Alberto Hurtado, Santiago de Chile. rsalcedo@minsegpres.cl